Es el sol brillando

Remota

14/11

2025

Salta

Artistas:

Texto:

Santiago Villanueva

Esta noche oscura / Sobre Itamar Hartavi

Me encontré por primera vez con la obra de Itamar hace tiempo, acá cerca, en la galería Inmigrante, año 2012. Digo encontré, porque antes la había cruzado: en la galería Braga Menéndez en 2011, en el Centro Cultural Recoleta, en 2009, y en alguna que otra exposición colectiva. Sobre la pared principal de Galería Inmigrante un banco escolar suspendido se montaba un personaje de máscara de cartón que poco a poco iba tirando platos desde las alturas, cual ritual de liberación. Desde ese momento ya me resonaba que para Itamar había motivaciones en su obra, que adaptadas por nuestro ojo a la ciudad y el mundo del arte que transitamos y nos divertía, se preguntaban por una espiritualidad, pero siempre lejos de tematizarla, o volverla un rótulo de su trabajo. Esa pregunta, como el zapallo de Macedonio, creció y hoy ocupa su cosmos. Para que eso suceda, todo artista necesita ocupar su “zona excepcional”, y todavía, en Itamar, no estaba.

 

Si la pregunta es simple, en general nos piden especificarla, si nuestro tema es amplio, hay que localizarlo, si nuestra investigación no tiene objeto, hay que encontrarlo. Pero ¿y si queremos seguir en las mismas preguntas? ¿Si lo que intuyo que me interesa, ya le interesó a muchxs artistas en muchos tiempos? Tal vez, lo específico sea volver a preguntarse lo mismo, o tal vez lo particular es la actitud insistente que puede tener volver a lo mismo. La pregunta por la espiritualidad en el arte es una pregunta de presencia continua, y es por eso que puede resultarnos reiterativa o anticuada. La pregunta que vuelve nunca vuelve igual, y la respuesta la ensaya la materia.

 

Cuando Itamar habla de su obra dice que “pintar tenía que ver con el poder trabajarme”. La obra remata, vuelve, sobre las propias premisas, preconceptos, y sin ese “trabajarme” la obra queda al vaivén de una sola dirección. También dice que las obras “van creciendo”, y ese crecimiento, probablemente, no se detiene cuando la obras ya están en la exhibición. Siento que, en cada obra, en cada muestra, Itamar monta temas secretos, que hay un anclaje en algo que nos está pasando, en hechos concretos y compartidos, pero no los comenta, ni evidencia a primera vista. La obra es una manera de acompañar el secreto, de sostenerlo, y así la obra es lo contrario a un diario o un canal de televisión.

 

Hablando del 2020 Itamar dice que: “En ese tiempo, que por momentos para mí fue muy angustiante sobre todo porque veía al mundo de manera apocalíptica, haciendo viajes de tambor me llega que tengo que hacer mis cuadros sin mirarlos de lejos, trabajando solo el cerca. Influenciado por los artistas aborígenes australianos, que trabajan a veces enrollando su pintura y solo viendo una parte, empiezo a hacer cuadros que ̈crecen ̈, son puntos y líneas que se van expandiendo sobre la pintura”. Si en sus primeras obras, del universo de la figuración, la caricatura y la paleta de colores generaban un plano más definido, estructurando una escena o situación, en estas no hay narración, ni relato, ni borde posible. Tienen mucho más que ver con una superficie expandiéndose o contrayéndose. Como en la obra de Doreen Chapman, pintora australiana de la comunidad de Warralong, en la cual las figuras se funden con el fondo, documentando modos de existencia, pero mediante un lenguaje abstracto, de extensos planos de color. Como artista sorda y no verbal, ha generado con estos un modo de comunicar lejos de los contornos de las palabras. Las obras de Itamar, como las de Chapman no tienen distancias intermedias y su cerca está en la práctica.

 

Hace unos años, investigando la obra de Yente llegué al pensamiento de Lanza del Vasto, filósofo que integró tradiciones religiosas y artísticas, pensando bajo el paraguas del verbo “ritmar”, se llegaría a la armonía del “corazón y la respiración”. Yente había atravesado un periodo de enfermedad que la obligó a estar en reposo durante varios meses. Como sucede con muchos artistas, reposo es investigación, y así fue para ella, como también creo así es para Itamar. En el caso de Yente apareció el bordado de los grandes gestos masculinos y modernos, bordo drippings con la paciencia y esmero que no tiene la velocidad de la pintura sobre la tela, se acercó a la experiencia artesanal de los objetos realizados con crin de caballo en el sur de Chile, y abrazó el paso fronterizo de lo que, para los años 50, aún eran categorías estrictas, permanentes y determinantes. La experiencia del reposo textil en Yente perduró en todo lo que vino después, pero en forma de collage, construyendo catedrales con fósforos o santos con envoltorio de alfajor. En el caso de Itamar el reposo tuvo que ver con sus desplazamientos. Primero en Córdoba, donde aparece la bosta como material de sus trabajos, y luego la Quebrada de Humahuaca, donde aparece la tierra como base estructurante de sus superficies. Ese tiempo más lento es el que se convierte en entorno de las obras- que en Emilio Renart era constitutivo para cualquier obra: el entorno y yo- y registra ya no una experiencia solo autobiográfica, personal y anecdótica, sino que son imágenes que “van creciendo” y capturan tanto de entorno como del yo.

 

En Lanza del Vasto el artesano es lo contrario al arrebato, que descentra la vida interior y actúa en el impulso, en cambio es al artesanado al que le dedica una oración. Hay un llamado a recuperar el animismo, como estilo y gesto, como forma de vida. Él se pregunta si existe una obra de arte que contenga la forma de vida de la no violencia, y que contenga los elementos propios de su realidad: ritmo, iluminación y éxtasis. Su primera respuesta es pensar la luz como materia prima de las formas. La obra contiene lo propio que tiene cada cosa y su tiempo: plantar y arrancar, reír y llorar, destruir y edificar, lamentarse y danzar, lanzar piedras y recogerlas. Para Lanza del Vasto el ritmo es un acuerdo con el ciclo solar y en la obra es la alternancia de contrarios: regularidad y espontaneidad que desemboca en la vida interior de las imágenes.

 

A la actividad de reposo que sugieren las pinturas de Itamar, se contraponen las cabezas, en actividad mental permanente. Entonces aparece la máscara perpleja, fuera de sí atravesando la sorpresa primera de la contemplación y entrando en el éxtasis lanciano. Sobre ellas se proyectan los relieves del tiempo, que en un rostro son las arrugas que van registrando honduras, surcos y líneas, y que en estas obras son los materiales los que dictan presente y envejecimiento. Quienes tienen más arrugas y marcas son quienes más se ríen, el exceso de risa marca, y como dice el filósofo del Renacimiento Masesilio Ficino: “La luz es la risa del cielo”, y así los huecos en la cara son los rayos de luz que nos sobreviven. Se arma así un sistema donde podemos pensar una inversión: las pinturas son las espectadoras, las cabezas son observadas.

 

Fácil de convencer, con la luz, el ojo se ilusiona una y otra vez. Si todas las máscaras mienten, lo hacen para demorar el conocimiento de la verdad cuya primera regla es el desvanecimiento, la impermanencia.

 

Santiago Villanueva, noviembre de 2025